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domingo, 4 de octubre de 2009

Testimonio del verano 2009

Iñigo Martínez
Miraba por la ventana del avión y veía mucho verde, mucho monte, entonces supuse que ya quedaba poco, por fin estaba en Chiapas.

Ahora ya en suelo mexicano, me dirigía junto mi compañero Iñigo Obeso, montaña arriba, a San Cristóbal de Las Casas. El camino me ayudo a situarme, las carreteras tenían otro aspecto, lo mismo pasaba con los coches, y dios mío, ¡vaya forma de conducir!

Llegue a la estación de autobuses, repleta de gente como es normal, nos dirigimos al primer taxi rumbo a la Fundación León XIII. Era de noche, tocamos el timbre y un señor, conocido como Don Marco, nos abrió la puerta y nos dio la bienvenida. Nos acomodo en una habitación donde pasamos la primera noche de lo que sería un mes de una experiencia que quedara grabada en mi memoria.

Este mes empezó por conocer a todos los miembros de la Fundación, desde la dirección hasta el último trabajador. A continuación, se me explico cuál sería el esquema de trabajo como voluntariado. En relación a mi perfil profesional y expectativas se me asigno el área de Seguridad Alimentaria, ya que esta cubriría distintas actividades que quería realizar. Finalmente, conocí a otros jóvenes voluntarios con los que conviviría durante mi estancia en Chiapas.

Casi sin darme cuenta, ya habían pasado unos días y ya me sentía totalmente integrado en la dinámica de la Fundación. Daba gusto cruzarse con la gente y tener regalada una sonrisa y un saludo. No es difícil entender como al poco tiempo yo ya me sentía como en mi casa.
Iñigo Martínez en Senilia

Estuve haciendo trabajos en la Granja del abuelo Juan, visité el asilo de ancianos Senilia, participé en tareas rutinarias de limpieza y alimentación de los distintos aves de corral que allí habitaban, aprendí a trabajar la lombricomposta, trabajé en el invernadero, conocí el proceso de obtención de hongos, entre más cosas.
Estuve presente en dos talleres, Aves de corral y Herbolaria, que se realizaron en el Centro de Desarrollo Comunitario San José, y a los que asistieron distintos miembros de diversas comunidades del estado. Fue una gran experiencia oír de sus bocas los problemas que planteaban del día a día y compartir con ellos tanto los conocimientos como las dudas.

Uno de los aspectos que caracterizan estas tierras, a parte de su gran belleza y exuberante vegetación, son sus gentes. Fue muy interesante poder tener un contacto, en las salidas a comunidad, con aquellas comunidades que trabajan junto a la Fundación, y poder ser testigo de su realidad, conociendo sus inquietudes, sus necesidades, sus problemas, su alegría, y sintiendo su hospitalidad. Lo mismo diría de aquellas personas compañeras de la Fundación, con quienes compartí horas de trabajo, de quienes recibí un magnífico trato, pude aprender muchas cosas y quienes me hicieron sentir como uno más. Y como no, guardo un gran recuerdo de aquellos que como yo, voluntariamente se aventuraron en dedicar una pequeña parte de sus vidas a conocer y participar en el trabajo que realiza la Fundación.

Podría decir que me llevo muchas cosas de vuelta a mi hogar. El recuerdo de un precioso lugar, de una gran experiencia, por las culturas y gentes singulares que conocí, por las amistades que logre hacer, y por lo que pude aprender de otros y de mi mismo. Sin duda, llevaré siempre a Chiapas y a esta vivencia en mi corazón.
Texto Iñigo Martínez y fotografíia de Joyce Jiménez

lunes, 10 de agosto de 2009

viernes, 24 de abril de 2009

Dios tiene la custodia de Senilia

Custodiados por Dios, 22 ancianos viven en Senilia, ubicado en el barrio de Cuxtitali, en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. Senilia es un centro de asistencia para ancianos que inició sus actividades desde 1994.

Desde las 6 de la mañana los ancianos se despiertan para asearse, después hacen una oración para iniciar llenos de bendiciones y a las 8 están en el comedor para desayunar.

Quienes tienen a su cargo este centro son dos hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción, María Daria Loyola Durán y Emerenciana Pérez Lugo, son las que se encargan de velar que los ancianos tenga lo indispensable para vivir cómodos y sin preocupaciones.

Mis niños, dice la hermana María Daria, tienen varias actividades durante el día. “Hay ancianos que aún tienen ganas de trabajar, a ellos se les permite barrer, así también están los que quieren estar entretenidos, a ellos se les da hojas blancas para que dibujen, o bien recorten y hagan sus propios libros de imágenes que más les gustan, entre otras actividades.”

Cuenta la hermana María Daría que los niños que están en el centro tienen a un doctor que los revisa una vez a la semana y dos enfermeras todos los días, ellas son las que llevan un control de los medicamentos de cada anciano, además les dan terapias musculares a aquellos que no caminan para evitar lesiones en la piel.

En el corredor que va hacia su habitaciones hay un pasa manos, para aquellos ancianos que pueden caminar, esa es una tarea diaria que deben hacer al menos 15 minutos.

Los familiares pueden visitar a su pariente una vez al mes obligatoriamente, pero hay quienes se olvidaron, o por el trabajo no pueden, pero al menos llaman para saber el estado de salud.
En esta ocasión, la visita del mes fue de Aneli Resendíz Soto y Paola Ruvalcaba Gómez del área de Economía Comunitaria, ellas fueron con el propósito de iniciar el proceso de acompañamiento para los ancianos. Este proceso consiste en llevar diferentes actividades a las que tienen en el centro habitualmente, es decir, cantar, bailar, leer cuentos, parábolas con mensajes positivos, de tal forma que los ancianos sientan amor y atención.

La presentación y lo que querían jugar o leer, fue lo que rompió el hielo entre los ancianos, Aneli y Paola. Después, Paola leyó un cuento llamado La vasija con rajaduras de Paulo Cohelo.

Al terminar de escucharlo cada anciano con sus propias palabras explicó la moraleja del cuento, y después se dispusieron a cantar, hubo quien dijo que no sabía cantar, pero Aneli les dijo que todos podíamos sólo que no todos lo intentaban.

Senilia tiene olor de casa con calidez y amor, al entrar el tiempo se detiene, porque más de un anciano está dispuesto a platicar la historia de su vida. Sin embargo, también huele a necesidades, porque carecen de recursos económicos para comprar alimentos, medicamentos y artículos para el aseo personal.

Este lugar está ubicado en la Prolongación Peje de oro, número 21 en el barrio de Cuxtitali, en San Cristóbal de Las Casas, acompáñanos en la próxima visita.
Texto y fotografía de Joyce Jiménez Cabrera